FINAL 2
Al salir del baño, ella me esperaba allí sentada. Su mirada no me gustaba, era oscura, fría, sin sentimientos. Para ella yo tan sólo era un cliente más, nadie especial, sólo trabajo, y a pesar de que lo entendía, un sentimiento de odio invadía cada vez más todo mi cuerpo. Cada vez tenía más claro que lo iba a hacer y cómo hacerlo.
Me acerqué hacia la cama y me senté junto a ella. Ella me miró, y sin pensárselo dos veces, acercó su mano hacia mi bragueta, y empezó a desabrocharme los botones lentamente. Yo me sentía excitado, pero al mismo tiempo todo me parecía sucio y artificial. Una vez consiguió desabrocharme todos los botones, me la tocó un rato para ponerme totalmente erecto, y después, se quitó la falda, con lo que pude comprobar que no llevaba bragas, ni siquiera un tanga, nada. Eso me hizo pensar en lo poco que disfrutaba del placer del sexo. Para ella tan sólo era trabajo, algo sin sentido, sin sentimiento, una obligación laboral, de supervivencia, nada más. Sentí lástima, más de la que me esperaba y de la que nunca había sentido por este tipo de mujeres. Sin embargo, mi sentimiento de odio seguía permanente en mi interior. Debía de quitarle este sufrimiento. Eso no era vida.
Ella se tumbó sobre la cama boca arriba para que yo me pusiese encima de ella y la penetrase, y así poder acabar con esta farsa lo antes posible. Ese gesto por su parte, era justo lo que necesitaba para dar el primer paso. Le pedí que se diese la vuelta, pues no quería ver su cara mientras lo hacía. Ella sonríó e incluso pude comprobar su cara de alivio, pues ella tampoco debía de querer ver la cara de salido que se me pondría al eyacular, mientras ella pensaba en que iba a invertir mi dinero.
Una vez se dio la vuelta, me coloqué el preservativo, y se la metí por el ano al parecer, cosa que nunca había hecho, y que me provocó gran placer. Ella gemía falsamente mientras yo disfrutaba enormemente de mi dinero.
De repente me di cuenta de que no iba a poder aguantar mucho más, y decidí no retrasar más mi plan, después de todo, no había pagado para aliviar mi apetito sexual, sino para descubrir otra nueva sensación.
Paré un momento para poder acercar mi mano al bolsillo de mi pantalón. Ella me preguntó si ya había terminado, a lo que respondí que no, que solo estaba cogiendo otro preservativo para ser precavido. A ella le pareció bien, y se volvió a dar la vuelta tumbándose de nuevo boca abajo. Una gota enorme de sudor recorrió mi cara hasta llegar a mi mentón, pues tenía miedo de que viese mi arma antes de que me diese tiempo a acabar la faena. Una vez cogí la cuerda, la puse rápidamente alrededor de su cuello, y apreté no demasiado fuerte para que durase un rato y poder sentir mejor toda su agonía. Ella se movía desesperadamente en todas direcciones intentando darme patadas en la espalda y sujetando la cuerda con sus dos manos para intentar quitársela, pero todo intento de salvación era inútil, cada vez estaba más cansada, con menos fuerza, y de sus ojos comenzaron a salir lágrimas de forma descontrolada.
En ese momento, me excité más de lo que nunca me había excitado, no sabía exactamente por qué, no tengo palabras para explicarlo, pero justo en el instante en el que ella perdía su vida, yo me sentí más vivo que nunca, y eyaculé. Nosé si estuve un minuto entero eyaculando, pero si sé que esa sensación había sido la mejor de mi vida. Ni siquiera pensaba en el cuerpo sin vida en el que mi pene se encontraba metido, sólo podía pensar en el enorme placer que me había provocado matar a alguien.
Una vez hube recuperado mis fuerzas, me levanté y me vestí. Metí en mi mochila la peluca, la barba postiza, las lentillas de color y la gorra.
Antes de salir por la puerta, eché un último vistazo al cuarto. La prostituta yacía muerta sobre la cama, con la lengua por fuera de la boca, y los ojos en blanco. Por sus mejillas todavía podía verse el rastro que las lágrimas habían dejado.
Creo que por primera vez desde hacía mucho tiempo, y quizás tan sólo durante 2 minutos de los 6 que había durado su agonía, había valorado su vida de verdad, y se había dado cuenta de cuanto echaría de menos hacer el amor de verdad; las cartas que su madre le mandaba todos los meses desde Brasil contándole como iba todo por el pueblo, y como se encontraban sus hermanos y hermanas pequeñas; el poder saborear un batido de fresa y plátano que tanto le gustaban..Pero sobre todo, lo que más iba a echar de menos, sería a su bebé. Los lloros de su bebé a medianoche; las veces en que estaba triste, y éste le cogía el dedo con una manito; el placer que le causaba ver como dormía, la inocencia que transmitía...todo eso se estaba acabando para ella. En cualquier momento se moriría de asfixia, sin poder hacer nada, y sin poder ver a su hijo para decirle lo mucho que le quería. Sin poder ver como crecería. Sin poder darle un último beso. Sin nada...
Al día siguiente me enteré por las noticias de lo del bebé. Algo había fallado en mi plan. No me había planteado la opción de que fuese una madre soltera con un hijo, un bebé de 10 meses. Fue ahí cuando me sentí mal por primera vez. Nunca volvería a hacer algo así. A partir de ahora, no ahogaría a más putas solteras con hijos. A partir de ahora, sólo mataría, única y exclusivamente, a putas que estuviesen solas en el mundo. Alguien tenía que hacerles ver el valor de estar vivo, y que mejor forma de hacerlo, que disfrutando con ello ¿no?.